La amplitud de la finca ofrecía la posibilidad de plantear una celebración formada por distintos escenarios en lugar de concentrar todo el evento en un único espacio. A partir de esta idea se diseñó un recorrido que acompañaba a los invitados durante las diferentes fases de la jornada y permitía que cada momento tuviera una atmósfera propia.
Se organizaron áreas diferenciadas para la recepción, la comida y la posterior celebración, conectándolas mediante recorridos sencillos y naturales. La instalación principal actuaba como elemento central del proyecto, mientras que jardines y espacios exteriores se incorporaban como extensiones de la propia arquitectura. Esta distribución permitió gestionar cómodamente el movimiento de los invitados y del servicio sin interferencias.
La iluminación y la decoración se utilizaron para reforzar la identidad de cada zona manteniendo al mismo tiempo una estética común. Conforme avanzaba la celebración, determinados espacios iban adquiriendo mayor protagonismo y otros quedaban progresivamente en segundo plano. De esta forma, el proyecto evolucionaba durante el evento y ofrecía experiencias diferentes sin abandonar nunca la coherencia del conjunto.
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