La proximidad al mar condicionó desde el principio el diseño de una celebración en la que el paisaje debía mantenerse siempre presente. La intención era crear un espacio suficientemente protegido para garantizar el confort de los invitados, pero evitando una estructura excesivamente cerrada que pudiera romper la relación visual con el entorno mediterráneo.
La instalación se planteó con una configuración abierta y una orientación estudiada para aprovechar las principales vistas. Las zonas destinadas a la comida y al encuentro se organizaron buscando una relación constante entre interior y exterior, permitiendo que la luz natural y el paisaje formasen parte de la propia decoración. La estructura actuaba así como un marco desde el que contemplar el entorno.
La transición hacia la noche se trabajó mediante una iluminación cálida y discreta, integrada en la arquitectura de la instalación. Los tonos naturales del mobiliario y los textiles ayudaron a mantener una estética relajada y mediterránea. El resultado fue un espacio elegante, pero deliberadamente sencillo, en el que la arquitectura acompañaba al paisaje sin intentar convertirse en protagonista.
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